viernes, 13 de marzo de 2009

La vida en un edificio II y medio


El destino a veces nos pone en el lugar que queremos; y a veces eso ocurre mucho antes de lo que imaginamos. Acabo de encontrarme a la vieja en la puerta del edificio.

Yo venía de la panadería y cuando estaba a dos metros de la puerta del edificio veo que viene la señora mayor de mierda. Otra vez me miró con desconfianza, pero esta vez yo tenía la llave en la mano e iba a llegar indefectiblemente más rápido que ella a la puerta.

Era la oportunidad perfecta para cumplir mi deseo de cerrarle la puerta en la cara. Estaba determinado a hacerlo.

Abrí la puerta y justo la vieja llegó al hall de entrada. Podría haberle cerrado la puerta en la cara dándole la espalda para disimular y darme a la fuga en el ascensor. Pero no pude. A último momento una serie de contradicciones internas de lo más idiotas me hicieron esperarla y sostenerle la puerta.

Incluso en el ascensor le saqué conversación preguntándole sobre el clima. Soy un asco.

Pero todo esto me sirvió para darme cuenta de tres cosas fundamentales:

1 – Que tener la llave da poder. Yo tenía el poder de decidir si la vieja entraba o no y además ella no me podía acusar de chorro por querer entrar al edificio.

2 – Que hablar del clima en un ascensor es inevitable. Aunque nos importe tres carajos el frío o el calor que pueda tener la vieja. Si los ascensores hablaran, hablarían del clima.

3 – Que soy un pelotudo.

Nada nuevo bajo el sol. Salvo la calor.

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jueves, 5 de marzo de 2009

La vida en un edificio II



Hay cosas que no me entran en la cabeza, francamente.

Mi edificio tiene 20 departamentos. Pocos pisos. Pocos departamentos. Sacando una cuenta estúpida, podemos calcular una cara como mínimo por departamento. Ergo, 19 caras además de la nuestra.

Sólo tenemos que recordar 19 caras y, a lo sumo, asociarlas con un piso. Sólo 19 caras. Ni siquiera hablamos de nombres. Si nos ponemos a pensarlo, no nos cuesta nada memorizar tan limitada cantidad de caras. Por lo tanto, es simple conocer a nuestros vecinos.

A los fines de este texto, vamos a clasificar los tipos de encuentros con nuestros vecinos en tres grandes grupos:

a) Dentro del edificio.
b) Fuera del edificio, pero en las inmediaciones del mismo.
c) Totalmente desvinculados del edificio.

Analizaremos las cosas al revés:

c) Si nos encontramos con un vecino/a en la fiesta del puflito, no tenemos por qué reconocerlo/a ni saludarlo/a, aunque su cara podría parecernos lejanamente familiar. Es más: debería parecernos familiar; pero eso no implica acción alguna. No vaya a ser cosa que andemos saludando a quien no conocemos.

b) Cuando nos encontramos fuera del edificio, no somos más habitantes de ese edificio, sino que somos simples ciudadanos. Por eso tampoco tenemos el deber de saludar a nuestros vecinos, aunque sí considero que deberíamos reconocerlos. Y es que el ver esas caras en una zona que nos es familiar puede ayudarnos a reconocerlas. Convengamos, pues, que queda bien saludar a los vecinos si los encontramos en la vereda de enfrente, por más que no tengamos relación con ellos.

a) Este es el punto que realmente me interesa. Quiero aclarar que “dentro del edificio” incluye el palier de entrada y la porción de vereda abarcada por la entrada del edificio. Aquí sí tenemos el deber de reconocer a nuestros vecinos, e incluso creo que tenemos el deber de saludarlos, por pura cortesía. Es mejor saludar que quedarse callado en un viaje en ascensor al lado de alguien que vive debajo de nuestros pies. Si estamos dentro del edificio implica que algún grado de relación tenemos con dicho edificio.

¿Y cómo se comprueba esta relación? Por repetición. Si yo veo a una persona más de una vez por semana saliendo, entrando o circulando por el edificio, es más que lógico que esa persona tiene cierta relación con ese edificio y, por extensión, con nosotros.

Yo sé perfectamente que en mi piso vive una chica soltera, que probablemente sea profesora o tesista, porque estudia frente a mi ventana todos los días. También sé que en el departamento B de mi piso hay una mujer de unos treinta y largos años que fuma mucho y que probablemente trabaje en la administración pública por la cara de infelicidad que tiene.

Sé que en el primer piso vive una vieja que usa bastón, salvo cuando estás por ganarle el ascensor; ahí mágicamente puede correr. Y sé que hace poco un abogado con cara de garca (perdón por el pleonasmo) puso su estudio en el primer piso también.

Sé que en el segundo piso vive un gato que tiene una mascota… un metagato. Sé que arriba de mi departamento viven dos chicas estudiantes. Sé que hay otra chica en algún piso, no sé en cuál, pero sé que vive en el edificio. Sé que en el primer piso hay una mujer grande, solterona, que se maquilla y se perfuma demasiado y que tiene un lavarropas (esto lo sé porque lo tiene en la terraza, junto al mío).

En fin, a nadie le importan estas huevadas. Yo no pido que mis vecinos se aprendan mi nombre. Lo único que quiero es que la vieja… perdón, la señora mayor de mierda que me cerró la puerta en la cara el otro día se aprenda de una puta vez esta cara. Yo puedo reconocerla perfectamente, no me hace falta saber ni el nombre ni en qué piso vive. Sé que vive en el edificio porque la crucé 40 millones de veces. 19 caras. Es todo lo que tiene que recordar la vieja.

Yo venía entrando. La vieja venía saliendo con una amiga. Cuando me iba acercando a la puerta saqué la llave, para que no quedaran dudas de que no iba a afanar nada porque vivo ahí. Las viejas salieron. Yo me puse a un costado. La vieja empezó a cerrar la puerta y levanté la mano con la llave para detener la puerta suavemente. La vieja hizo fuerza y terminó de cerrar la puerta con un ruido seco.


Weinbaum — ¡¡Pero yo vivo acá!!


Vieja — ¡¡Ay, disculpame, no me di cuenta!!

Amiga de la vieja — ¡Justo que veníamos hablando del robo de llaves!

Weinbaum (con una sonrisa muy falsa) — No, está bien. Como están las cosas es mejor ser precavido.

Cerré la puerta y apenas lo hice grité “¡¡Vieja chota!!”. Espero que me haya escuchado. Y si no me escuchó, juro que la próxima vez le cierro la puerta en la cara y me tomo el ascensor hasta el séptimo piso. Total, bajar dos pisos por la escalera podrá ser tedioso, pero la satisfacción que voy a tener no me la quita nadie.
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